lunes, 3 de noviembre de 2008

"COMO LAS NIÑAS"




ZULEYMA GÓCHEZ.


Como las niñas aprenderé a defenderme de las agresiones del entorno por el hecho de ser del sexo femenino como las niñas,
Reflexionaré y actuaré ante la indiferencia, ante la incongruencia entre el ser y el deber ser como las niñas,
Lucharé por la equidad de derechos entre hombres y mujeres como las niñas,
Soñaré con ser la orientadora de un presente y futuro con equidad de género, en donde las libertades de pensamiento, conciencia y religión sean una realidad y no solo un "montón" de normas vigentes no positivas.

Como las niñas, intentare seguir dándole "primeros auxilios" a través de la "respiración boca a boca" a nuestra agonizante constitución de la república, y normas internacionales de derechos humanos especificas por la equidad de genero y las libertades y derechos de las mujeres a vivir sin violencia física, psíquica, económica y social.

Como las niñas, buscaré camaradas, hombres y mujeres que quieran continuar esta batalla de ideas en pro de la paz mundial como máxima aspiración de toda la familia humana.

Como las niñas, no veré rico, ni pobre, no amaré las riquezas, ni los privilegios, simplemente amaré a toda la familia humana, a toda la habitación que Dios nos ha dado, y a todas las especies que en él hay, hasta lograr encontrar el equilibrio perfecto entre el bien y el mal, entre ricos y pobres, entre orientales y occidentales, entre el norte, centro y Sur América, entre las Islas del Caribe, y las del Mediterráneo, entre el Polo Norte y el Polo Sur.

Seguiré soñando, porque es lo único que me inyecta el optimismo y el ánimo, así como la energía suficiente para no desistir en tiempos de crisis mundiales, regionales y locales.

Volveré a bañarme con las aguas lluvias, volveré a alimentarme de los frutos de temporada, volveré a ejercitar mi cuerpo con el softball, el lanzamiento de disco, las carreras de obstáculos en 400 metros planos, y las carreras de 800 metros planos, así como las maratones de diez kilómetros. Volveré al levantamiento de pesas cada día, para sentir que aún existo, que aún tengo vida en el entorno de este convulsionado y erupcionado planeta a punto de perder el rumbo para el cual fue creado.

Y cuando parta para siempre, dejar huellas, aunque sea en este diario de este espacio virtual, si es que aún existe energía para tener vida.

A cada uno, a cada una de mis amigos y amigos, hermanos y hermanas de este espacio, tanto presentes como ausentes les llevare en mi corazón, reconociendo que de todas y todos aprendí, a sobrevivir y a actuar como mujer y sobre todo como ser humano hecha a imagen y semejanza de dios el creador de todo.

Con un ósculo santo de amor les dedico este día este bello pensamiento....a las puertas del mundialmente día de "las brujas" para todas las brujitas y brujitos.......agentes de cambio y que hacen realidad los sueños de muchas niñas, niños, adolescentes, jóvenes y adultos de toda edad de todas las razas humanas.


Zuleyma Góchez
Sonsonate, El Salvador.

domingo, 5 de octubre de 2008

AVENTURA EN JAPÓN



EN JAPÓN CON FABRICIO!


El que quiera saber lo esencial de la vida moderna en Japón tiene que hacer dos cosas: subirse a la Yamanote Sen y levantar un Omikoshi. Yo he hecho una de las dos cosas, con Fabricio claro, la otra le tocó a él, a mi amigo salvadoreño que me invitó a pasar una temporada en el imperio del sol naciente. Aunque le acompañé en la aventura.

Fabricio vivió en Japón muchos años y ahora radica en Estados Unidos con su esposa japonesa, con quien se casó el pasado 2007. Me invitó varias veces a visitarlo en Japón, y gustosa acepté siempre…



Circulación Mecánica

La Yamanote Sen es la línea de tren que circula por la ciudad de Tokio, capital de Japón. Sus diferentes estaciones conectan las líneas que vienen entrando desde afuera al Gran Tokio, como los rayos de una llanta de bicicleta se convergen en el centro. La red de trenes funciona como un aparato circulatorio. Su corazón delineado por la Yamanote Sen y sus arterias compuestas por la Saikio Sen, Sobu Sen, Toyoko Sen, por mencionar algunas de las más de cuarenta líneas que le interceptan y sin contar la red de trenes subterráneos que corren por debajo. En un día común por la estación de Shinjuku, una de las principales cinco en la Yamanote Sen, pasa el equivalente a casi una tercera parte de la población de El Salvador, 1.5 millones de gente (aún así es mucho menos que la que circula por el DF en México en el dichoso metro…) Para abordar la Yamanote Sen se necesita coraje y destreza, pues a la hora del rush va al 260% de su límite de ocupación. Al abrirse las puertas sale un tumulto ordenado de gente que atropella como aplanadora a toda máquina al que se le pone en frente. Para poder entrar se llega por los lados y no hay necesidad de empujar porque de atrás viene el impulso pero hay que desplazarse estilo ciempiés para no quedarse atrás, el que se quedó, se quedó (Y casi me quedo yo, por estar tomándole fotos a Fabricio para mi álbum) y para que el que casi no cupo hay asistentes con guantes blancos para empujarlo hasta que entra a la fuerza, como me tocó a mí… jajaja!  
Una vez adentro, si una no lleva la cara pegada a la ventana de la puerta, una va en medio, rodeada de seis personas: dos al frente, dos atrás y una a cada lado. Con los del frente a veces se va nariz a nariz, y los de atrás van respirando y expirando al cuello, lo que hace que los de al lado sean imperceptibles, invisibles. A la hora de salir no hay problema, es tanta la apretazón que los pies ni siquiera tocan el piso hasta que una sale del tren estilo levitación forzosa. Esta pequeña odisea hay que repetirla para volver a casa, y repetirla de por vida.
Todo el que quiere entrar al centro de la ciudad tiene que pasar por su corazón: la Yamanote Sen, la cual gira y gira desde las seis de la mañana hasta las doce de la noche absorbiendo si cesar todas la líneas que le interceptan.

La Yamanote Sen es el aparato circulatorio mecánico de Tokio, por la mañana, cuando llega todo el mundo a su trabajo, respira oxigeno y por la noche, cuando todos regresan, expira dióxido de carbono.

Shinto y sus Kamis

¿Quién se puede imaginar que después de pasar los días de semana triturado en la Yamanote Sen alguien va a ir de buena voluntad a buscarse algo similar el fin de semana? Solo que esta vez bajo el peso y la incomodidad de una radiola después de haber recibido un martillazo en el hombro. 



Bienvenido al Omikoshi.

El verano en Japón esta lleno de Matsuri, o festivales. Por lo general, estos tienen una base religiosa pero ahora en día más que todo cumplen una función socio-cultural. Esto no significa que estos ritos han perdido por completo los fundamentos que los originaron. Mejor dicho, con el tiempo han sufrido una serie de metamorfosis que les han permitido adaptarse al medio ambiente humano. Hay Matsuri de toda clase: El 3 de Marzo el Hinamatsuri (Homenaje a las Niñas); el 3 de Mayo 3 el Takomatsuri (Festival de las piscuchas, o papalotes como se les conoce en otros países); el 7 de Julio el Hoshimasturi (Festival de las Estrellas); el 1 de Agosto el Sambamatsuri. 



Sambamatsuri? Si, Matsuri de Samba brasileña, japonesas en tanga bailando en la calle al ritmo de maracas, matracas, y hasta silbatos de árbitro de fútbol a lo Río de Janeiro.

El Matsuri que más me gustó es el Omikoshi. Lo vi como lo más esencial de la cultura Japonesa.



Para empezar está basado en Shinto, que es la religión autóctona de Japón, y no en Bukkyo, una secta derivada del budismo importada de la India vía China y Corea entre el siglo VI y VIII. 


Shinto significa filosofía de Kami o de los Dioses. Su práctica tiene una trayectoria prehistórica emergente de la adoración a la naturaleza, el sacerdotismo, los ritos casaderos que veneran los enlaces ancestrales, prácticas de adivinación, cultos de fertilidad, y exaltación a los héroes de la nación. Shinto es lo más central en la cultura y la identidad nacional en Japón. En Shinto todo está animado. El Kami está en todas partes, o más bien dicho, hay Kamis para toda las cosas, las piedras, los ríos, los árboles, las gotas de lluvia, las hojas, y para cada zompopo de mayo en el mundo. Todo está en un círculo de armonía, en ecología espiritual con la naturaleza.


El Shinto encapsula cuatro principios base:


1. Tradición y Familia: La familia es el mecanismo por el cual se conservan las tradiciones, principalmente las relacionadas con el nacimiento y matrimonio.
2. Amor a la Naturaleza: La naturaleza es sagrada, por medio de ella se llega a los Dioses. Los objetos naturales son venerados como espíritus sagrados.
3. Higiene Personal: Toda la familia practica hábitos de higiene personal.
4. Matsuri: La adoración y honor ofrecida a los Kami y a los espíritus ancestrales.


Esencialmente todos los que practican el Shinto son japoneses. Aunque no hay cifras oficiales, se estima que un 40% de la población adulta practica el Shinto, y 86% observa una combinación entre el Bukkyo y el Shinto, o sea no menos de 107 millones de almas. Para un extranjero es difícil embrazar el Shinto. Diferente a otras religiones, no hay un texto sagrado que guíe al creyente sobre su visión filosófica, tampoco busca la predicación para promulgarse y convertir a nuevos creyentes. El Shinto es transmitido, y he aquí el punto clave, de generación en generación participando en sus ritos en carne viva y en grupo. Es posible que los origines del Omikoshi tengan sus antecedentes en el periodo Nara, siglo VIII. Se cree que la tradición comenzó cuando el Kami del altar en Hachiman en el pueblo de Usa fue llevado en una tarima morada a la ciudad de Nara para conmemorar la construcción del Daibutsu, La Gran Estatua de Buda.

Omikoshi significa altar portable. 

Portable en el sentido que hay que cargarlo sobre los hombros y no que uno se lo puede echar a la bolsa. Algo así como las urnas que se cargan en la Semana Santa en los países Iberoamericanos. Lo primero que se debe saber sobre el Omikoshi es que pesa y duelen los hombros al cargarlo. El omikoshi tiene apariencia liviana pero está tallado en madera sólida, y está repleto de ornamentos de metal, incluyendo oro, bronce, y hierro, y va montado sobre cuatro vigas de madera que corren y se extienden a su largo para acomodar a un mínimo de treinta personas y un máximo de cincuenta. Levantar el omikoshi con treinta es una cosa, soportarlo sobre los hombros tres días de celebraciones es otra. Para eso se necesitan doscientas personas.



Fabricio a la Carga con Estilo

La primera vez que lo invitaron a cargar el Omikoshi en Omiya, donde residió más de una década, lo dudó un poco, sobre todo por que el primer requisito es vestirse en traje típico. Fabricio pensó que se iba a ver ridículo y se iban a reír de él, como que le dijeran a un japonés que se vistiera de mariachi, o de torero, y lo sacaran a desfilar en el Boulevard de Los Próceres o peor, en el Boulevard los Héroes en San Salvador.

Sin embargo y luego de sendas regañadas que le di, se sobrepuso a los prejuicios y fuimos a comprar su traje, bueno y el mío también para ir acorde a la ocasión. Yo escogí un Kimono de color azul índigo por que es uno de los colores más tradicionales de Japón, y sucede que el azul es mi color base, con un pavo real hermoso pintado a mano, e incluía todos los accesorios, las zapatillas de madera, la peluca, el maquillaje, o sea, todo. Cuando llegamos a la tienda el dueño se nos quedo viendo un poco raro, quizás pensando que andábamos perdidos y nos habíamos equivocado de tienda. Cuando Fab, le empezó a hablar en perfecto japonés y le dijo que quería un traje para cargar uno de los Omikoshi en la ciudad, y uno para mí, se quedó congelado por un instante pero le paso el susto pronto conforme se dio cuenta que no le estábamos tomando el pelo y Fab le siguió hablando fluidamente en japonés. El primer obstáculo fue encontrar algo prefabricado a su medida. Por ser de pecho más ancho y más recio de pie que el típico japonés, le costó encontrar uno de su talla. Cuarenta y cinco minutos más tarde, salía satisfecho con un traje típico, igualmente en un azul marino y con $2,700 (dólares) menos por ambos trajes.

También tuvo que comisionar un emblema con su apellido. Para eso fuimos a Kawagoe,  ciudad considerada  patrimonio nacional. En la zona histórica, las calles y la arquitectura de las casas conservan su estructura tradicional. Ahí hay artesanías de todo tipo desde textiles hasta cerámica (y yo aproveché para comprar souvenirs.) Fuimos a ver a un master en caligrafía clásica. Resultó ser un hombre de unos cincuenta años y de apariencia seria, diría mejor que era una persona de comportamiento sereno, casi de actitud triste, vestido en una Yukata azul. Nos atendió cordialmente.

Le deletreó su apellido para buscar por medio de la fonética los Kanji, el alfabeto Japonés, que le corresponde y escoger un contexto significativo. Sacó un libro grueso y pesado y empezó a recorrerlo con el dedo índice. Como el japonés no tiene letra L, le recomendó a Fab los Kanji Ru por ser el sonido más cercano ‘lu’ y Na por ‘na’ por ser un vocablo normalmente usado en nombres japonés. La combinación Ru y Na significa LUNA. Lo escribió en una tablita de madera rectangular con pintura blanca y roja. El emblema es como una caja de fósforos alongada. Cabe en el centro de la mano y Fab lo colgó de su cuello a la hora de cargar el Omikoshi. De ahí también nos fuimos satisfechos y con $100 menos.


Fabricio vestido para la Carga

La palabra Omiya esta compuesta por los Kanji O y Miya. La combinación equivale literalmente a decir Gran Altar Shinto. Usando Miya como raíz se componen palabras como Miyameguri, peregrinación de altares, Miyamorigashira, jefe sacerdote del templo, Miyaji, camino al templo y Miyabashira, pilares del altar. Con esto en mente es fácil ver como la ciudad ha funcionado como una pequeña Meca dando auge para que los Omikoshis florecieran en la zona.

El evento principal en Omiya con el Omikoshi es el domingo en el centro donde se reúnen más de cuarenta grupos. Para eso hay dos días de preparación. El viernes es día de práctica y es su primer día. El sábado es día de ir al altar Arakawajinja, donde hay una ceremonia conducida por sacerdotes para bendecir el Omikoshi y se recolectan ofrendas de arroz y Sake, licor derivado del arroz.

Para los dos, lo más difícil fue salir a la calle por que Fab tenía que llegar ya vestido. Debíamos subirnos al tren y nos sentíamos un poco incómodos, demasiado conscientes de si nos veíamos bien, o mal, si se ríen de nosotros, o no. De pronto nos dimos cuenta que el problema estaba en nuestras cabezas, que todo el mundo va en su mundo, y los pocos que se fijaban en nosotros lo hacían para demostrarnos agrado, casi como agradeciéndonos por algo. Al bajarnos del tren nos sentimos mejor y nos fuimos caminando por las calles más tranquilos con nuestro mundo en mente. Alguna gente nos saluda al pasar. Nos hemos sentido tan bien que Fab me hace entrar a una tiendita en la vecindad para comprarnos una Coca Cola. Sale una viejita de unos setenta años, con lentes de Mr. Magoo. Le pregunta a Fab si vamos al Omikoshi. Cuando le dijo que si, noté que le agrado. Al salir oí que dijo “Yoku niau, Ne” (les lucen los trajes). Fab y yo sonreímos y saludamos con las manos… pobre señora… Debieron de ser los lentes… Dos latinos vestidos con Kimonos…

Cuando llegamos al punto de reunión ya estábamos más tranquilos, especialmente por que todos están vestidos en trajes típicos y nadie nos miraba como extraños. Todo parece normal, y se presiente una atmósfera festiva.

Este día todo termina en unas cuantas horas, más que todo es para contar cabezas y reentablar amistad, charlar y tomar una pequeña merienda de Sushi. Le damos una media vuelta a la cuadra y regresamos. Después de un breve discurso por uno de los viejos, Fabricio y los demás se organizan para levantar el Omikoshi por primera vez. Todos quieren ser los primeros y él no se queda atrás así que se mete rápido bajo una de las vigas laterales antes de que le quiten el puesto. Todo el mundo en cuclillas sosteniendo el Omikoshi sobre los hombros, sacan los burros (soportes) de en medio, y sienten el bajón por el peso. Al enderezarse bien hay aplausos por todos lados, voces de gozo, los niños corren eufóricos alrededor, suenan los cascabeles del Omikoshi, y empiezan a sonar los silbatos y las matracas para que todos anden al mismo ritmo, ta-ta, ta-ta, ta-ta, ta-ta. Todos empezamos a corear el paso: uRRya-seya, uRRya-seya, uRRya-seya. Los hombres decían urrya redoblando la erre a propósito, y las mujeres todas vestidas con Kimonos contestamos seya. Algunos van diciendo maguro, maguro, maguro. Maguro es una delicia en el Sushi. La parte más sabrosa del atún que nos espera al regresar.

Ya entrados en ritmo ahora viene lo más difícil, coordinar los pasos. Se avanza en las puntas de los pies, recalcando levemente cada paso, uRRya/Pie izquierdo, seya/Pie derecho, o viceversa. Esto hace que el Omikoshi se mueva en una ola para arriba y para abajo, como barquito en alta mar. Si todos llevan el mismo ritmo y paso, no se siente el peso, pero si no, se siente que le van dando un batazo en el hombro a ritmo de uRRya y seya. Batazo en uRRya y batazo en seya. Otro punto importante es sonreír y no demostrar que puede ir sufriendo de dolor. Hay que cargar con estilo, y vigor que para eso se compró la mejor vestimenta. Hay que lucirse como el más aventado a la hora de cargar y Fab, se lució.

El encuentro con un eje de armonía es el propósito de Omikoshi, armonía con el grupo y armonía con el Kami del Omikoshi. Se busca a paso a paso y matracazo a matracazo.

Hay momentos que en verdad, me cuenta Fab, se siente que el peso se desvanece. Se cree que en esos instantes el Kami toma posesión y es ÉL quien mece al Omikoshi. Este fenómeno es parecido a la Guija, aparentemente la plancha se mueve sola y no por los dedos que reposan en ella. Excepto que en el Omikoshi la plancha la traen encima.

Regresamos al punto de partida para disfrutar el Maguro. Al día siguiente se lleva el Omikoshi a que lo bendigan y listos para evento principal.


Reunión de Kamis

A las cinco de la tarde del domingo dio comienzo la procesión para el centro de Omiya. Es una jornada de dos kilómetros. Por ser tercer día, deberían de ir mejor acoplados pero el Omikoshi va frenético meciéndose para todos lados. Van tan rápido que hay gente en el frente empujando hacia atrás, contrarrestando un movimiento lateral violento y para que no pierdan el control. Ha de ser la emoción, o ha de ser el Kami.

Conforme el Omikoshi avanza, se van turnando la carga entre los doscientos que han participado en el grupo donde va Fabricio. Hacemos tres paradas para descansar, porque mientras más se acercan al centro, más lento es el progreso, ya que van encontrando a otros grupos de Omikoshi y las calles están repletas de gente que se amontona para ver más de cerca el espectáculo. A todo esto, yo no le pierdo el paso a Fabricio, voy siempre a la par suya, porque si me pierdo, ¿Luego como regreso?? Huy, y es que perderse en Japón que va, debe ser trágico! Si en Nueva York y en San José de Costa Rica, me costó regresar a casa el día en que me perdí en cada ciudad, ya me imagino en Japón como me iría…

El calor es intenso y agotador. La idea es cargar y descansar un rato. Pero él va muy valiente sin salir hasta que lo llegan a sacar. Todos quieren cargar en el frente donde los más experimentados cargan. De vez en cuando se mete al frente bien campante como si fuera el gran veterano.

Cuando llegamos al centro ya han llegado casi todos los Omikoshis. Es hora de lucirse. El Omikoshi animadísimo se mece para arriba y para abajo, suenan y recontra suenan los pitos, las matracas, las palmas y los Urrya y los Seya por doquier. Ya no es suficiente cargarlo en los hombros. Se decide en el momento que hay que levantarlo con las manos por arriba de los hombros.

Temo que por el sudor se les resbale y les caiga encima. De repente sale para arriba el Omikoshi como canasta llena de plumas. Lo sostienen con una mano y con la otra golpean las vigas que corren a su largo por un largo rato casi llegando a la fatiga total.

Sus compañeros y la gente en concurrencia les aplaudimos. Misión cumplida y de regreso a la base. 



Al final, me siento en la calle, exhausta, a esperar a que Fabricio llegue por mí. El kimono pesa mucho también y caminar con esas sandalias de madera es cansado.

El Omikoshi deja claro que si cada quien carga su tajada de buena voluntad sin pasarle lo de su responsabilidad al prójimo, se le puede sacar ventaja a una situación adversa. Individualmente cada quien sufre igual por lo cual nadie puede reclamarle a nadie. El sacrificio es para el grupo. La victoria es de todos y para todos por igual, hasta para mí, que aunque no tuve que cargar más que el bolsito en que llevaba la cámara, pero solo el hecho de ir al paso de Fabricio y no perderme en la multitud, fue toda una odisea… y por si las moscas, los dos cargábamos celulares, no fuera que sucediera… (Digo, perderme pues…)

Siempre que he estado en Tokio me había preguntado que hacía que la gente que va ensardinada en los trenes todas la mañanas no perdiera la paciencia y saliera de la Yamanote Sen en un estado de pánico en estampida por todo la estación de Shinjuku. Ahora Fabricio y yo sabemos la respuesta.

Gracias Fab por esos días inolvidables en Japón.

viernes, 30 de mayo de 2008

domingo, 30 de diciembre de 2007

miércoles, 21 de noviembre de 2007

LAS TRADICIONES ARGENTINAS (PARTE II)




CONTINÚA…


LA PAMPA: Se conoce con este nombre a la llanura que se extiende desde las costas del Río de la Plata y del Paraná hasta los contrafuertes andinos, y desde la Patagonia hasta el sur de Santa Fe y Córdoba. "Pampa" es palabra quechua y significa "campo raso". EL RANCHO era la habitación de casi todos los habitantes del campo y estaba hecho de "chorizo" y paja quinchada. "Chorizo" se llamaba a la masa de paja y barro con que se levantaban las paredes, y paja quinchada a la que se usaba para el techo: unos manojos de pajas largas atados con un junco o quinchos, que de ahí le viene el nombre. Las paredes y el techo estaban sujetos por un armazón de troncos elegidos más o menos rectos e inteligentemente distribuidos, con lo que daban solidez a la vivienda. EL SEIBO (O CEIBO COMO SE LE CONOCE EN EL SALVADOR): El seibo es un árbol que pertenece a la familia de las leguminosas, la misma de la alubia y de las acacias. Es originario de América del Sur, engalana las orillas de los ríos cuando se cubre con sus nutridos racimos de grandes flores rojas. La flor del seibo ha sido elegida como "Flor Nacional" de la República Argentina y de la República Oriental del Uruguay. El seibo se propaga fácilmente por estacas o semillas. Se lo cultiva como especie ornamental en parques o jardines. Existen otras especies de seibos, algunas de flores rosadas y otras de color rojo oscuro. En el año 1942, la flor del seibo fue declarada Flor Nacional Argentina. EL GAUCHO: La palabra gaucho se usó en las regiones del Plata, Argentina, Uruguay, y Brasil, (aunque allí la palabra es gaúcho) para designar los jinetes de la llanura o pampa, dedicados a la ganadería. Aunque se han propuesto muchas etimologías, no es claro todavía el origen de esa palabra. Una de las más populares es la que hace derivar a gaucho de "guahu-che", que en araucano significa "gente que canta triste". Fruto de la mezcla de sangres española e indígena, comenzó a forjar su original personalidad en las primitivas vaquerías de la colonia. Allí aprendió a desempeñar las tareas de ganadería con singular destreza y fundió su cuerpo con el de su inseparable compañero: el caballo. Pasaba la mayor parte de su vida sobre el lomo de su pingo, por eso siempre detestó la agricultura, que lo obligaba a estar de pie. Su indómito valor lo convirtió en uno de los pilares de la emancipación americana. Fue pastor en los tiempos de paz y soldado en tiempos de Guerra. La extensión de la llanura pampeana fue la que terminó de moldear su conducta. Es independiente, de vida errante y costumbres sencillas. Esa libertad con que enfrenta la vida le traería aparejados muchos disgustos. Por mucho tiempo se lo marginó, llegándole su reivindicación con el paso del tiempo, al punto de convertirse la palabra gaucho en sinónimo de rectitud de carácter y nobleza de corazón. LA PAYADA: Payada se llama a las poesías que el gaucho (payador) cantaba casi recitando con la ayuda de la guitarra, caracterizándose por ser improvisada y cantada. Los principales temas mencionados eran el origen de la vida, el amor, su hogar o el misterio de la muerte. La payada podía ser individual o a dúo, esta última se llamaba contrapunto y podía ser a preguntas y respuestas, o sobre varios asuntos; durando, generalmente, varias horas o días y terminaba cuando uno de los cantores no respondía inmediatamente la pregunta. EL PATO: El pato es un típico juego del campo argentino, nació como diversión del gaucho y hoy es un deporte nacional. Ha recibido este nombre porque se practicaba con un pato de verdad. El pato muerto, relleno de cuero, hacía las veces de pelota, provista de cuatro manijas de cuero trenzado. Se elegía el campo de juego y reunidos los participantes, el jinete que llevaba el pato aparecía en la mitad del campo. Los jugadores montados en los caballos, comenzaban la persecución del pato. El objetivo era arrebatarlo y retenerlo. El que lo lograba era perseguido por los otros jugadores, que de este modo recorrían al galope decenas de kilómetros en todas las direcciones. Por su peligrosidad y violencia desde el año 1790 (un bando del Virrey Nicolás Arredondo fechado el 20 de Agosto de 1790, prohíbe el juego del pato) la práctica del pato sufre sucesivas prohibiciones y seguramente prácticas clandestinas, resurgiendo definitivamente en 1938, reemplazando al pato primitivo por una pelota de cuero provista con seis agarraderas. Es muy emocionante me han dicho, asistir a un partido de pato, que hoy en día resulta un espectáculo muy agradable y menos violento que los de sus primeros tiempos. EL TRUCO: El truco es un juego de envite de origen criollo que se juega con un mazo completo de 40 cartas españolas y en el que pueden participar de 2 a 6 jugadores. Aunque el Diccionario de la Real Academia Española postula que el truco es una variedad del truque, es inconfundible su personalidad rioplatense, ya que en él conviven la picardía, el arrojo, la gracia y la astucia del criollo. Es tan divertido jugarlo como verlo jugar, ya que no sólo depende el resultado del azar, sino que también están presentes la mentira, el desafío, la valentía y hasta la poesía. BAILES NACIONALES: Los bailes criollos llegaron con los conquistadores españoles. Tienen diversas coreografías donde los bailarines se lucen con sus movimientos suaves y vivaces que nos llenan de nostalgia, belleza y tradición. Dentro de las distintas regiones del país, la pampa tuvo sus propias danzas, como, el gato, el cielito, la mediacaña, el triunfo, el pericón y el malambo. Los bailes de dos tienen una coreografía llena de intención en lo que se refiere al sentimiento amoroso. Cada baile de dos tiene un sentido completo y los bailarines son actores dentro del ritmo musical. Los bailes que requieren mayor número de parejas son el pericón, el cielito y la mediacaña. Estas danzas tienen movimientos más lentos y una gran variedad de figuras en su desarrollo. No siempre era posible contar con gran número de parejas, aunque era la preferencia de los bailarines. Las danzas más clásicas y preferidas por los bailarines son la zamba, el gato y la chacarera. El malambo es ejecutado solo por hombres. LA BOLEADORA fue la primera arma de guerra usada por los indígenas. El gaucho la adquirió en el siglo XVIII convirtiéndola en arma formidable y elemento útil para la caza y el trabajo. Actualmente la boleadora es una reliquia que, si bien ya no se usa como arma de trabajo, el gaucho la sigue usando como adorno, cuando ensilla su caballo con pilchas de lujo.
EL ASADO: El asado de carne de vaca cocinado a la parrilla es una arraigada costumbre Argentina. Cada uno de los pasos para realizar un buen asado es una ceremonia casi reglamentada. Primero se enciende el fuego con un buen carbón vegetal, mientras se bebe un buen vinito, si es mendocino - me informa mi amigo bailarín- ¡mejor!!. Luego se calienta la parrilla y se limpia, por lo general, con un papel de diario. Luego la carne y achuras ya saladas se ponen en la parrilla bien caliente. Se puede acompañar el asado con pan y/o ensalada de verduras. La carne también se puede mojar con "chimichurri" (en algunos sitios lo hacen con aceite, vinagre y un poco de picante) para que la carne no se seque (esta técnica es buena para la carne de cordero). Cuando se termina de comer y beber, es bueno arrojar algunos sobrantes de comida al fuego, esta tradición se hace para que el fuego se "alimente" y se pueda hacer un asado allí en otra ocasión.
Y desde acá, mis agradecimientos a tan finas personas que me auxiliaron en la realización de este artículo.


San Salvador, El Salvador, Febrero de 2006

TRADICIONES ARGENTINAS


Tuve la oportunidad de presenciar un espectáculo de Tango digno de Reyes en el Teatro Presidente de San Salvador, El Salvador, que es donde yo vivo… algo que deleitó mi paladar cultural y me transportó a esa tierra tan lejana pero tan querida por mi... al finalizar fui invitada a departir la noche con el elenco cuyos integrantes son gente cultísima y conocedora de su interpretativa musical e incluso mi natural curiosidad me llevó a cuestionarlos en sus tradiciones argentinas, algo que siempre había querido hacer, pero que a veces se ve interrumpida por cuestiones ajenas al caso. Mis interlocutores en esta oportunidad, se comportaron de una forma tan gentil, que quedó perpetuada en mi memoria para siempre… y mi primer interrogante fue: ¿Desde cuándo se llaman argentinos?... a partir de ese momento, ese gusanito curioso no paró y la noche se convirtió en un solaz de intercambios de conocimientos que ahora, quiero compartir con ustedes.
¿Por qué y desde cuando se llaman argentinos? Hay una tendencia natural a suponer que desde siempre, al igual que los franceses o los españoles (aunque sabemos que corrió mucha agua antes de que aragoneses, castellanos, catalanes o andaluces decidieran llamarse españoles). No son cambios accidentales, sino testimonio del conflictivo camino de las comunidades en la construcción de su identidad. También, del deseo de vincularla con algo firme, inmutable, esencial, a prueba de los vaivenes políticos. Quizá por eso queremos creer que siempre fueron "argentinos".Pero no fue así. Antes de denominar una entidad política, "la Argentina" fue sólo un nombre poético, que aludía a la plata. Desde 1530, cuando Sebastián Gaboto hizo los primeros envíos de ese mineral a España, el río de Solís fue conocido como Río de la Plata. La denominación se extendió a toda la región adyacente y en 1536, cuando llegó Pedro de Mendoza a dotarla de su capital, tal nombre estaba ya asentado. Doscientos cuarenta años después, el nuevo Virreinato que tenía por capital a Buenos Aires se llamó Río de la Plata. Argentina deriva de plata: del latín argentum sale el adjetivo correspondiente. Lo llevó a la fama un soldado poeta, Martín del Barco Centenera, quien hacia fines del siglo dieciséis acompañaba al Adelantado Ortiz de Zárate. En 1569 otro soldado, Antonio de Ercilla, había escrito La Araucana, y Centenera anunció la composición de La Argentina, un largo poema en el que narraba la conquista del Río de la Plata. El nombre circuló con suerte variada hasta principios del siglo diecinueve.
El nombre estaba en el ambiente, muchos lo usaban. ¿Pero a quiénes designaba? ¿A algo parecido a lo que hoy llamamos argentinos? Con seguridad que no, porque todavía no los había. Muy probablemente se refiriera, primordialmente, a los hijos de Buenos Aires, los mismos a quienes quizá se llamara "hijos de la Patria", "patricios" o "patriotas". Los niños argentinos han aprendido en la escuela que su Nación, la Argentina, siempre existió, y que el largo proceso de guerras civiles, la "anarquía" y la "organización nacional" fueron desencuentros y pasos trabajosos para llegar a un final predeterminado. Al fin, decía el general Mitre, la Nación ya había nacido el 25 de Mayo de 1810. En 1816, quizá por la renacida esperanza que insuflaba San Martín, se declaró la independencia de las Provincias Unidas de Sudamérica. Luego de la crisis de 1820, el Congreso de 1824 volvió a las Provincias Unidas del Río de la Plata.
Mientras tanto, el más poético "Argentina" seguía abriéndose camino, y empezaba a penetrar en el vocabulario político institucional. La Asamblea del año XIII aprobó el Himno Nacional, que proclamaba "Al gran pueblo argentino ¡salud!". En 1826 el Congreso de las Provincias Unidas creó para Rivadavia el cargo de Presidente de la República Argentina, y poco después sancionó la Constitución de la República Argentina. Cierto que duró poco, pero el adjetivo latino quedó desde entonces incorporado al nombre de la comunidad política que tan trabajosamente se iba gestando. Bajo Rosas hubo una Federación Argentina y una Confederación Argentina, y éste fue el nombre que adoptó la Constitución de 1853. En 1860 se reformó la Constitución y se adoptó, ya definitivamente, el de República Argentina. Así se llaman desde entonces. Corrientemente solemos decir "la (República) Argentina"; no podemos omitir el artículo, pues tal como lo escribió Del Barco Centenera, se trata de un adjetivo, que alude a un siempre prometido futuro de abundancia.
Y hablamos esa noche de las tradiciones entre ambos países, y cuyo significado es el mismo en todas las regiones del mundo: La tradición es el conjunto de costumbres, creencias y cultura de un pueblo, que se transmite de una generación a otra.
Entre otras cosas averigüé que en Argentina el 10 de noviembre se celebra el DIA DE LA TRADICION. Es el reconocimiento de la identidad a través de uno de los personajes más representativos de la Argentina, José Hernández, el creador del célebre Martín Fierro, que nació, según palabras de su autor, "para alejar el fastidio de la vida de hotel". Hernández se encontraba en el Hotel Argentino, de la ciudad de Buenos Aires. Corría el año 1872 y durante tres meses se entregó sin descano a perfilar la figura del gaucho, sus costumbres, sus trabajos, sus hábitos de vida. El libro consta de dos partes. En la primera, los versos están impregnados de melancolía. La felicidad de Martín Fierro se ha esfumado. Por no haber votado en la última elección, es obligado a servir en la frontera. En esa dura vida añora su libertad perdida y se hace desertor. En adelante vivirá siempre perseguido. Luego de siete años aparece la segunda parte, titulada "La Vuelta de Martín Fierro". Martín Fierro es muy conocido en todo el mundo. Ha sido traducido a muchos idiomas y merecido el elogio de escritores argentinos y extranjeros. Hoy sigue despertando el interés de los lectores que lo consagraron como un clásico de la literatura argentina.



ALGUNAS TRADICIONES ARGENTINAS

EL MATE :La palabra mate deriva del quechua "mati", que significa vaso o recipiente para beber, pero se ha generalizado como nombre vulgar del fruto de la calabacera, en especial en las variedades utilizadas para preparar y servir la infusión de yerba mate-NO HIERBA, como me corrigió mi rosarino un día- (poro y galleta) . Así, con la posterior proliferación de recipientes destinados a preparar esta infusión Construidos con los más variados materiales, también se usa la palabra mate para referirse a ellos. Luego, por extensión, el vocablo mate pasó también a designar a la infusión propiamente dicha. El mate es un inseparable compañero de los argentinos. Según sea la manera en que se prepare esta bebida, se la distingue como: Mate amargo, verde o cimarrón: es el cebado sin azúcar; Mate dulce , preparado con azúcar; Tereré, mate amargo cebado con agua fría; Mate cocido, el que se prepara más o menos como el té. La palabra cebar expresa la idea de mantener, alimentar, sustentar algo en estado floreciente. Al decir cebar mate se quiere significar, no el acto de llenar el mate con agua caliente, sino mantener ese mate en condiciones siempre apetitosas. Los efectos benéficos y terapéuticos de la yerba mate fueron confirmados en la actualidad por numerosos estudios científicos. Sus propiedades químicas son similares al té, aunque más nutritivas. EL CABALLO: El caballo constituye uno de los animales cuya presencia es más frecuente en el folklore universal. Amigo y compañero del hombre desde la más remota prehistoria, la vida de éste está ligada a la de aquel por el lazo más firme, el de la amistad. El caballo ha sido, para los gauchos, el medio más importante de transporte y de trabajo. Por eso le dio tantos y tan diferentes nombres, cada uno de los cuales encerraba una verdadera definición de las condiciones del animal: pingo, flete, crédito, parejero, chuzo, matungo, maceta, mancarrón, sotreta, bichoco. Pingo, flete y chuzo son denominaciones generales, aunque también suelen usarse con sentido admirativo; parejero era y es, exclusivamente, el caballo de carrera; crédito se le llamó al que, entre todos los de la tropilla, merecía más confianza para las ocasiones en que su dueño debía lucir sus habilidades, en un rodeo, una yerra, una boleada o un largo viaje. En cambio, mancarrón, matungo, maceta, bichoco y sotreta son formas despectivas y se aplican a los caballos que carecen de algunas de las condiciones necesarias: velocidad, aguante, buen andar, lo mismo que a los animales viejos o mañeros, es decir, inservibles para el buen trabajo ganadero. Domar es amansar a un animal, acostumbrarlo a que obedezca al hombre. Este trabajo es una demostración de fuerza bruta, habilidad y baquía, en la que el gaucho amansaba a los potros rebeldes y huraños. A pesar de los corcoveos de los animales, el domador lograba dominarlos, ya fuera a golpes de rebenque o dándole una pechada que consistía en abatir y voltear al caballo con el pecho de otro que lo embestía. Enlazado el animal, se le coloca un fuerte bozal con cabestro, se lo manea para que no pueda moverse y se lo ensilla, con lo que queda en condiciones para que empiece el trabajo del domador. Este lo monta y resiste los saltos del potro, los que se repetirán, no tan bruscos, hasta que el animal esté dócil

CONTINUARÁ…

San Salvador, El Salvador, Febrero de 2006

LOS GAUCHOS Y LA LITERATURA GAUCHESCA (II PARTE)


CONTINÚA…

Formalmente, predominó el octosílabo, herencia del romance tradicional español. No obstante la estrofa más usada fue el llamado “romance criollo”, dispuesto en cuartetas. No resulta fácil establecer la existencia de indicios de literatura de “temperatura gauchesca” anteriores a los habituales nombres de Ascasubi, Hernández y del Campo. El crítico Jorge B. Rivera ha dedicado un extenso estudio al análisis de La primitiva poesía gauchesca. En sus páginas destaca la presencia de algunas composiciones que prefiguran rudimentariamente los rasgos básicos del género: el poema del santafesino Juan Baltasar Maziel (1727-1788), titulado Canta un guaso en estilo campestre los triunfos del Excmo. Señor D. Pedro Cevallos (1777); la anónima Relación de lo que ha sucedido en la Expedición de Buenos Ayres, que escribe un sargento de la comitiva, en este año de 1778; el sainete El amor de la estanciera, compuesto al rededor de 1787; una Crítica Jocosa escrita por José Prego de Oliver en 1798; los Romances a la Defensa y la Reconquista del presbítero de Buenos Aires Pantaleón Rivarola; y la Salutación gauchi-umbona, atribuida a Pedro Feliciano Pérez Sáenz de Cavia (1777-1849) y publicada en 1821, que en opinión de Rivera prefigura toda la corriente narrativa de corte gauchesco. En un momento posterior, cabría anotar, entre 1813 y 1822, los Cielitos y los Diálogos patrióticos de Bartolomé Hidalgo (1788-1822). Su Relación que hace el gaucho Ramón Contreras a Jacinto Chano de todo lo que vio en las fiestas mayas en Buenos Aires (1822), incluida dos años después en La Lira Argentina, primera recopilación de poesía argentina, es considerada como el inicio de “la vida literaria del gaucho”. También Un paso en el Pindo de Manuel de Araucho (1803-1842); la obra periodística “gauchesca” (El Gaucho, 1830-1831) de Luis Pérez; y las Poesías de Juan Gualberto Godoy (1793-1864), el primero, a juicio de Domingo Sarmiento (hijo), “que ensayó en la República el metro de los payadores, haciendo versos notables, ya por la dulzura y el sentimiento de que están impregnados, ya por la sátira punzante que fustiga vicios y desmanes sociales, en la forma genuina del cantor gaucho”.
Los clásicos: La verdadera consolidación del género tiene lugar bajo la tiranía del gobierno de Juan Manuel de Rosas. Proliferaron en aquellos años los folletos y hojas sueltas que ponían en boca de gauchos las denuncias contra el gobernador de Buenos Aires. En este ámbito socio-político se inserta la obra del primer gran poeta gauchesco Hilario Ascasubi (1807-1875). En Montevideo comienza a editar a partir de 1829 el diario gauchi-político El Arriero Argentino, y en 1833 publica su primera composición gauchesca: Un diálogo cívico entre el gaucho Jacinto Amores y Simón Peñalva. Sus obras más conocidas las publica en París a partir de 1862: Santos Vega o Los Mellizos de la Flor, Paulino Lucero y Aniceto el Gallo. Estanislao del Campo (1834-1880), que como Ascasubi había luchado en las guerras internas del país del lado del general Mitre, comienza su actividad literaria en el periódico de marcado tono político Los Debates. En sus páginas aparecen sus primeros escritos gauchescos, publicados bajo el pseudónimo de Anastasio el Pollo (en clara referencia al libro de Ascasubi). En 1866 escribe su obra más importante, y una de las principales del género gauchesco: Fausto. Impresiones del gaucho Anastasio el Pollo en la representación de esta obra. Tal vez uno de los autores más recordados de este periodo sea el porteño Rafael Obligado (1851-1920). Fue fundador de la Academia de Ciencias y Letras. Su obra más reconocida es Santos Vega, que desde 1881 amplía el poeta en sucesivas ediciones. No hay que olvidar tampoco al uruguayo Antonio D. Lussich (1848-1928). Amigo íntimo de José Hernández, su obra principal, Los tres gauchos orientales (1872), pudo influir en el poeta argentino, que ese mismo año publicaba en Buenos Aires su Gaucho Martín Fierro. En 1873 Lussich publica también El matrero Luciano Santos.
Nacido en las afueras de Buenos Aires, José Hernández (1834-1866) iba a convertirse en el máximo exponente de la literatura gauchesca y padre de la literatura argentina. Su mocedad, a medio camino entre la ciudad y el campo, se vio bruscamente interrumpida en 1852 (el mismo año de la caída de Rosas), por la muerte de su padre (era huérfano de madre desde 1843) y su ingreso en milicias un año más tarde. Como el resto de los gauchescos principia sus escritos en diversos periódicos como La Reforma Pacífica (1856), El Argentino (1863) y El Río de la Plata (1869), ambos fundados por él mismo. En esta época se suceden los exilios debidos a motivaciones políticas. De vuelta en Buenos Aires en 1872 publica la obra que iba a consagrar el género gauchesco: El Gaucho Martín Fierro. Aparte del indudable valor literario, la importancia de esta obra reside en haber convertido a un personaje marginal de la sociedad argentina del momento, en poco menos, como se ha sugerido, que el representante principal de un pretendido “canon argentino”. No son pocas las voces (Lugones y Ricardo Rojas, por ejemplo) que han apelado al carácter heroico del poema para explicar este fenómeno desde una posición nacionalista. Otras opiniones, como la del crítico Calixto Oyuela, defienden que “el asunto del Martín Fierro no es propiamente nacional ni menos de raza ni se relaciona en modo alguno con nuestros orígenes como pueblo ni como nación políticamente constituida. Trátase en él de las dolorosas vicisitudes de la vida de un gaucho en el último tercio del siglo anterior, en la década de la decadencia y próxima desaparición de ese tipo local y transitorio nuestro ante una organización social que lo aniquila”. Como afirma, por otro lado, Emilio Carilla, “los pueblos necesitan mitos, y el pueblo argentino no es una excepción”; desde este punto de vista el éxito de Martín Fierro vendría a cubrir ese vacío mítico del que adolecían las letras argentinas desde los tiempos de la independencia. La libertad y la justicia como nudos temáticos, el estilo deliberadamente descuidado, el tono de queja y el lenguaje popular (sentencias, refranes, rasgos de oralidad, etc.), hacen de la obra de Hernández un verdadero fenómeno sociocultural, que iba a elevar a su personaje a la categoría de mito.
Siete años más tarde, en 1879, Hernández publica La Vuelta de Martín Fierro. En el texto que hace las veces de prólogo, es el propio Hernández quien insiste en los valores que considera principales a cerca de su obra: la universalidad del personaje y el carácter popular del poema: “El gaucho no aprende a cantar. Su único maestro es la espléndida naturaleza que en variados y majestuosos panoramas se extiende delante de sus ojos. Canta porque hay en él cierto impulso moral, algo de métrico, de rítmico que domina en su organización, y que lo lleva hasta el extraordinario extremo de que todos sus refranes, sus dichos agudos, sus proverbios comunes son expresados en dos versos octosílabos perfectamente medidos, acentuados con inflexible regularidad, llenos de armonía, de sentimiento y de profunda intención. Eso mismo hace muy difícil, si no de todo punto imposible, distinguir y separar cuáles son los pensamientos originales del autor y cuáles los que son recogidos de las fuentes populares” Convertido el gaucho en valedor principal del sentimiento nacional argentino, la literatura posterior va a abundar en idealizaciones y mitificaciones que explotan el arquetipo forjado por Hernández. La obra de Eduardo Gutiérrez, Juan Moreira (1882), principia una larga corriente de folletines gauchescos en los que el protagonista no es ya el gaucho salido de los campos, sino el gaucho enaltecido por los libros. Hay, no obstante, algunos autores que prolongan la visión del gaucho sin desvirtuarla, cuya nómina debería encabezar Ricardo Güiraldes (1887-1927). Güiraldes, que había pasado su infancia entre París y el campo argentino, representa, con la publicación en 1926 de su obra cumbre Don Segundo Sombra, el renacer del género gauchesco. Cabe también citar la obra narrativa de temática gaucha del novelista Roberto J. Payró.
2005